El Parque Centenario es uno de los puntos más concurridos de la ciudad, sin embargo, se ha convertido en el lugar de trabajo para decenas de mujeres que ofrecen sexo a cambio de dinero, hablamos con una de ellas.
Valeria Viaña Padilla – Periodista
Lorena* solo se quita la parte de abajo para tener sexo con sus clientes, pero jamás se quita -ni se deja tocar- la parte de arriba.
Para ella sus senos y su boca son sagrados, pues asegura que a pesar de ser trabajadora sexual y de carecer de estudios, trata de proteger lo que le queda de dignidad.
Hoy llegó a las 3 de la tarde al Parque Centenario, ubicado en el Centro Histórico de Cartagena, donde muchas mujeres suelen ofrecer servicios sexuales. Esperaba sentada, quizá, a su primer cliente en uno de los callejones, pero mientras se pintaba los labios de púrpura frente a un espejo de mano.
Parpadea. Se tropieza con la realidad. En su rostro no hay sonrisas ni enojos, sino la mirada de una mujer cansada y golpeada por las circunstancias de la vida. Ahora se levanta para acomodar su licra que hace juego con una blusa ombliguera y su cabello recogido.
Sus curvas dejan boquiabierto a más de uno y, mientras pasan las horas, el aroma a café viene de una chaza en la que ayuda a una señora de mayor edad a vender tinto. Indiscutiblemente el color trigueño de su piel me dice que es costeña, sin embargo, sus arrugas son el reflejo de una vida que ella califica como cansada, difícil y desgastante.
Lorena es barranquillera, tiene 48 años y desde hace 10 ejerce el trabajo sexual. Jamás lo ha ejercido en su ciudad natal, solo en Cartagena y Santa Marta. Confiesa que no toda su vida fue así, primero estuvo casada por muchos años y de ese matrimonio tuvo dos hijos a quienes ayuda económicamente.
“Quedé desempleada y pues… me tocó hacer esto (prostituirse), pero ya me quiero salir… Yo aquí no tengo familia, ninguno de ellos sabe a qué me dedico”, dijo, y aseguró que este estilo de vida tiene sus consecuencias: hombres que al llegar a las habitaciones tienen deseos de ultrajarlas, tocarlas, maltratarlas y hasta drogarlas sin su propio consentimiento.
“Lo más difícil de tener este trabajo son los clientes que se ponen pesados en las habitaciones. A veces quieren hacer cosas que uno no puede. Yo, por ejemplo, solo me quito la parte de abajo, la parte de arriba no me la dejo tocar para nada, para mí eso es sagrado, no me gusta que me toquen ni que me estén besando, porque esto es sexo. Yo les digo que si quieren otra cosa busquen una novia o háganlo con su esposa o mujer. Ellos saben muy bien que en esta parte (abajo) es sexo. ¡Es solamente sexo!”, sostiene.
En el Parque Centenario lleva trabajando al menos seis meses, dijo que al principio el ambiente fue pesado por las muchas mujeres que ahí trabajan y creen que les arrebatarán a sus clientes, pero para su suerte ya es amiga de todas.
Lorena dice que hay días buenos y malos. Para ella un día bueno es ganarse de 300 a 500 mil pesos, y en los días malos hay veces que no se gana nada.
Los precios varían según el cliente. Los colombianos tienen un precio estándar, mientras que a los extranjeros el valor aumenta de acuerdo al dólar, que en pesos colombianos cobran más de 200 mil pesos en adelante.
“Ya no quiero estar aquí… espero el momento a ver si cumplo mi sueño de montar una peluquería. ¡Me encanta! Tengo bastante conocimiento, lo único es que tengo que especializarme. Sé planchar, tinturar, alisar, aplicar aminoácidos”.
Con el dinero que gana, a Lorena le alcanza para pagar los 30 mil pesos diarios que le cuesta el hotel donde duerme, para los pasajes y, el resto, para mandárselo a sus hijos.
“Aquí viene todo tipo de cliente: jóvenes, mayores, extranjeros, de todo. La edad no importa (…) el cliente que llega no es el típico hombre sin pareja o que está mal en una relación… después uno los ve con sus parejas -sus mujeres- caminando como si nada… La verdad a mí no me interesa, porque me pagó mi servicio, para mí es como si nunca lo hubiera visto. Yo no soy profesional ni nada, pero uno tiene que tener su ética también”
Lorena no tiene horario fijo para trabajar. Como hay días que llega en las tardes, también llega en las mañanas: 10, 11, 12 del día y así.
Cuando está sola en aquella pieza de cuatro paredes, reflexiona y lo único que pasa por su mente es renunciar a esta vida que, más allá del dinero, lo único que le ha dejado son amarguras.
No se sabe qué más suceda en la vida de Lorena, ¿aún llora?, ¿duerme bien?, ¿qué la marcó? No lo sé, eso no lo dijo, pero lo que sí es cierto es que no existe una trabajadora sexual en el Parque Centenario que sonría.
*Lorena, nombre modificado